Grado de dificultad: 1 (Fin del primer mes de confinamiento, la prueba de resistencia se vuelve difícil).

Columnista: Roberto

Una cuarentena prolongada

Aquí, la cuarentena cumplió un mes. Como en todas partes, se empieza a notar la desesperación de la gente.

Las personas de bajos recursos tienen, sin embargo, más razones que los demás para preocuparse: ¿Quién los ayudara?

La razón dice “si salgo, corro el riesgo de infectarme y, conmigo, a toda mi familia (con, tal vez, otros extraños que crucé en la calle o en el supermercado)”.

Sin embargo, en todos los países, se reportan casos de gente que sale intencionalmente a la calle, por desafío.

Lo hace preferentemente en grupo, porque es más fácil esconder su cobardía en una manada.

En realidad, es una reacción de negación típica de estas situaciones.

Esta negación suele disfrazarse de ideología o de religión … Algunos lo toman con humor sarcástico, como en el artículo siguiente:

Give me liberty and give me death!

Pero el enemigo no es visible, ni combatible (por el momento). Ceder a la negación es, en nuestro caso, una trampa mortal.

La rutina básica

Para combatir esta insinuante intoxicación, háganse un gran favor: no se levanten tarde por la mañana.

Este simple elemento de rutina nos obliga a encontrar un propósito al inicio del día.

Levantarse, bañarse y vestirse (y, acaso, afeitarse), es una tarea que ocupa una media hora, y solo tiene efectos benéficos.

Luego, desayunar (preferentemente en familia) procura ocupar una horita más.

El caso es que levantarse tarde es hacerlo con el ánimo abajo. Peor: uno desayuna solo o en compañía de otros desanimados… Mal plan.

Esta rutina tiene otra ventaja: en circunstancias normales, uno no puede hacer una siesta cuando se encuentra cabeceando.

Aprovechemos la situación actual para hacerlo cuando se nos cierren los parpados: es una delicia de (sorprendentemente) solo unos minutos.

Hacer los oficios y la comida nos ocupará otro poquito.

La idea es luchar contra la desesperación: convivir con los demás solo es posible si uno se respeta a sí mismo.

Ser consciente de su propia desesperación

Lo que acabo de describir parece fácil, pero no lo es. La desesperación es un desliz insidioso que desafía la razón.

A los ciudadanos del mundo postmoderno, les queda muy grande la noción de aguante.

Es, por supuesto, más “fácil” de aceptar cuando uno hace parte de la población de riesgo: hombre de edad mayor…

Todos estos “cuchos” saben que, para ellos, la cuarentena durará más que para los demás. Tal vez por eso, son menos impacientes (no todos, sin embargo).

Pero no nos engañemos: a todos, nos afecta la desesperación en un momento u otro.

Por eso necesitamos estar atentos, para que no nos pase a todos al mismo tiempo.

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