Categoría: Hardware

Grado de dificultad: 2 (El tema es menos sencillo de lo que parece. No solo se trata de redes sociales o de Spotify)

Columnista: Roberto

Todos usamos smartphones, los de TMN también, por supuesto. Su obligatoriedad es la que los vuelve un peligro.

Cuando la necesidad le gana a la tacañeria

Cambiando de teléfono

Recientemente, me tocó cambiar de teléfono. Digo “me tocó” porque, hasta este momento, estaba satisfecho con mi Motorola G41.

Era un teléfono de razonable presupuesto y desempeño que bastaba con mis exigencias limitadas.

Hasta su capacidad de almacenamiento me parecía grande para tal aparato. El modelo que compré tenía 6 gibabytes de RAM y 128 gigabytes de almacenamiento … Y estaba en promoción #Tacaño.

Un teléfono Motorola G41 - Origen Lenovo/Motorola

Pero no necesitaba más.

Eso fue hasta recientemente, cuando un trámite administrativo internacional exigió requirió de mí que tenga un smartphone más potente.

¿Qué tan potente? Nunca sabré donde se situaba el umbral de aceptabilidad ni qué parámetros debía cumplir. Sabía, sin embargo, que, siendo para una administración europea, este umbral debía ser alto.

Poseedores de smartphones costosos

Mi elección final fue para otro teléfono de la misma marca (para facilitar la transición), un Moto Edge Pro 60 … A eso sirven las tarjetas de crédito, al final.

Un teléfono Motorola Edge 60 Pro - Origen Lenovo/Motorola

12 gigabytes de RAM y 512 gigabytes de almacenamiento me parecen un bárbaro exceso, pero la importancia del tramite lo justificaba.

Es así que, casi accidentalmente, entre en la categoría de los poseedores de smartphones de lujo.

Me hizo entender algo que no había realizado hasta ahora: hasta qué punto nuestra civilización se volvió dependiente de los smartphones.

Hago un uso muy moderado de las redes sociales, y tampoco uso mi teléfono para escuchar música.

Pero resulta que los usos van, ahora, mucho más allá de estos usos convencionales.

Omnipresentes smartphones

Todos, ahora, privilegian las “Apps” en teléfonos

Los bancos, por ejemplo, parecen privilegiar las “apps” en teléfonos a los sitios web clásicos:

  • Las claves dinámicas asociadas a las tarjetas de crédito se manejan por teléfono,

  • Los pagos por conexión inalámbrica NFC se pusieron de moda, volviendo las tarjetas de débito virtuales (sin suprimirlas),

  • Aparecieron nuevas modalidades de transferencias entre bancos sin tarjetas (SEPA en Europa, BRE-B en Colombia, entre muchos), Nota: son una astucia de los bancos para evitar VISA, Master Card y otros intemediarios),

Todos estos casos implican el uso de un smartphone. Pero esta tendencia no se limita a los bancos.

Entidades estatales tratan de imponer el uso de teléfonos como sistema de identificación digital y de seguimiento.

Nota: esta misma razón es la que me forzó a cambiar mi teléfono

Un elemento omnipresente y omnisciente

La generalización del uso de los smartphones no para acá. Las compras a domicilio y las peticiones de transportes hacen parte de la rutina urbana.

Todos los autos recientes lo integran a su equipamiento a bordo. Algunos hasta lo usan para entrar a su casa, para monitorear su estado físico.

Mañana, tal vez, nos implantaran un rastreador (como a las mascotas) que se conectará con nuestro celular. ¿Sarcasmo? Amanecera y veremos.

No me siento cómodo con la idea de un elemento omnipresente y omnisciente … Que arriesgo perder o olvidar en cualquier lugar.

No me siento cómodo con esta múleta vuelta obligatoria, con esta invasión sistemática de mi privacidad.

Dicen que es para mi propio bien. ¡Qué gente más considerada!

Eso sí, mi nuevo teléfono es bonito. Algo es algo.